por Raúl Ramírez, socio del CIHF.

Aclaración previa: contrariando lo que es habitualmente norma al historiar sucesos pasados, he optado por empezar por los más cercanos, los posteriores a 2015, año crucial en la relación de FIFA con los poderes extrafutbolísticos. En una segunda entrega veremos qué pasaba desde los orígenes de FIFA y el fútbol como “deporte rey”, incluyendo dos guerras mundiales. Lo hago porque los acontecimientos que se suceden vertiginosa y trágicamente pueden convertir en papel mojado en cualquier momento a lo historiado con la realidad de hoy, primer día de marzo de 2026. Vamos ahora con lo más cercano.
La crisis de seguridad que afecta hoy al mundo puede en el ámbito del fútbol tener enormes repercusiones y consecuencias. Por supuesto que pueden considerarse poco significativas si se las compara con las amenazas que se ciernen o ya se descargan sobre la humanidad, pero como el fútbol es lo más importante de lo menos importante, como dijo alguien con acierto, y por otra parte es esa la razón de ser de nuestro Centro, analizaremos brevemente la relación entre los acontecimientos políticos históricos y el mundo del deporte y en especial del fútbol a través del siglo pasado y lo que va de este.
Ante todo, digamos que la normativa FIFA que prohíbe la “interferencia” de los gobiernos en la actividad de las federaciones y clubes, saltó por los aires el 27 de mayo de 2015, en el Hotel Baur au Lac de Zúrich, Suiza, donde se encontraban reunidos varios dirigentes de la FIFA antes del Congreso anual. Ese día una operación policial suiza, coordinada con el FBI estadounidense, en el marco de la llamada operación “FIFA Gate”, una investigación del Departamento de Justicia de Estados Unidos y el FBI sobre una red de corrupción, sobornos y lavado de dinero en contratos de marketing y derechos televisivos del fútbol, culminó con la detención de buena parte de la plana mayor del organismo rector del fútbol mundial, que quedó virtualmente descabezado. Entre los arrestados estuvieron Eugenio Figueredo (Uruguay, ex Conmebol), Jeffrey Webb (Islas Caimán, presidente de Concacaf), Jack Warner (trinitario expresidente de CONCACAF), José María Marín (Brasil) y otros altos ejecutivos. También cayó en la redada el empresario argentino y ex director general de Torneos y Competencias (TyC Sports) Alejandro Burzaco. En total, la acusación del Departamento de Justicia alcanzó a 14 dirigentes y empresarios vinculados a la FIFA, en su mayoría de Conmebol y CONCACAF. El veterano presidente Joseph Blatter renunció al mes siguiente, pero evitó ir preso. Otro de los “sobrevivientes” fue el suizo – italiano Gianni Infantino, quién ya entonces tenía una larga trayectoria en FIFA, primero como Director de Asuntos Jurídicos y Licencias, luego como Secretario General Adjunto (2007) y finalmente en el estratégico papel de Secretario Ejecutivo desde 2009. Pese a que quien ocupara esos cargos difícilmente podía ser ajeno a los actos de corrupción generalizados por los que se detuvo a sus colegas, su oportuna ausencia en el hotel suizo lo libró de la cárcel inmediata y lo catapultó a la presidencia de FIFA, luego de un breve interinato de un dirigente africano, a partir del 26 de febrero de 2016. La presidencia de alguien con un prontuario inquietante, y la dura lección de Baur au Lac, convirtió a los otrora príncipes del fútbol en materia maleable para los intereses del bloque estadounidense y europeo occidental en un escenario político internacional complejo.
A partir de entonces, puede decirse que la FIFA, e indirectamente la CONCACAF, han quedado virtualmente intervenidas por Estados Unidos, manteniendo tolerante silencio ante actitudes y decisiones de las autoridades de ese país, que a otras naciones no le serían permitidas. La ridícula entrega de una medalla de la Paz por parte de Infantino al presidente estadounidense Donald Trump, quien en ese momento rumiaba su ira por no haber recibido el premio mayor, el Nobel de la Paz, en medio de escaladas guerreristas, exhibe el doble rasero al que se sometió el ente rector.
Si bien la suspensión de la afiliación de Pakistán en 2017 por interferencia política gubernamental en su Federación muestra a FIFA siguiendo el camino que recorrió antes en los casos de Tanzania, Grecia, Nigeria e Indonesia, entre otros, la FIFA tolera o ignora o consiente otras circunstancias según “la cara del cliente”.
Quizás los casos más clamorosos y conocidos de doble rasero son los de Rusia e Israel. Mientras que en el primer caso, el ataque sobre Ucrania fue castigado con la exclusión de su selección y clubes de todas las competencias oficiales de FIFA (actitud seguida también por UEFA y en paralelo por otros entes deportivos, incluyendo al COI), la agresión del gobierno del Estado de Israel en Gaza y Cisjordania, ambas regiones constituyentes de Palestina, nación con reconocimiento internacional limitado, pero miembro pleno de FIFA no ha merecido otra sanción que la de obligar a la selección de Israel y a sus clubes a no poder ejercer su localía en territorio propio en juegos internacionales, lo que en realidad no constituye un castigo sino un reconocimiento de la inseguridad allí existente, ya que ocurre lo mismo con Ucrania, Palestina, Yemen y otros estados cuyas federaciones son miembros de FIFA. Incluso con Belarús, nación políticamente aliada a la Federación Rusa, a la que en este caso sí como sanción tampoco se le habilita la localía.
Posteriormente, y en los últimos días, la guerra desatada por Estados Unidos e Israel atacando a Irán, p
roceso sobre el cual es evidente su paralelo con el rusoucraniano, no ha generado ninguna reacción de FIFA y no es previsible que la produzca, por lo que no solo Estados Unidos no recibirá sanciones, sino que el próximo Mundial se jugará principalmente en territorio de la nación agresora.
En el caso de Estados Unidos han ocurrido otras interferencias que debieran cuanto menos obligar a sus clubs o selecciones a resignar su localía en cuanto decisiones gubernamentales impiden la participación de otros clubs o selecciones en su territorio, o condiciona sus actividades fuera de él. La negativa a aceptar la presencia de representaciones nacionales determinadas en su territorio para jugar partidos oficiales de FIFA o de sus confederaciones afiliadas por parte del gobierno de Estados Unidos, o el condicionamiento para hacerlo en otros países con los que el gobierno usamericano tiene trato hostil, exhiben por lo menos dos casos clamorosos que sin embargo han tenido poca repercusión mediática. Veamos:
Violette A. C. de Haití (2023).
Esta centenaria entidad haitiana, fundada hace más de 107 años, clasificó para jugar la Liga de Campeones de la CONCACAF 2023. El sorteo determinó que en octavos de final debiera enfrentar al poderoso Austin F.C., entidad texana en cuya plantilla había varios nombres con trayectoria en el fútbol internacional, como nuestros compatriotas Sebastián Driussi, Maximiliano Urruti y Emiliano Rigoni, los estadounidenses Matt Hedges, Gyasi Zardes, el costarricense Julio Cascante, así como Adam Lundkvist (Suecia) y Leo Vaisanen (Finlandia). Con un equipo de jugadores semiprofesionales, signifique eso lo que sea en la nación más pobre del continente, todos ilustres desconocidos en el mundo del fútbol, el Violette dejó atónitos a propios y extraños al ganar 3-0 el partido de ida en Puerto Príncipe con goles de Michnaider Chéry (2) y Amer Tarek. La revancha debía disputarse una semana después en Austin, pero cuando el equipo haitiano se dispuso a viajar recibió una inesperada negativa de visas por parte del Departamento de Migraciones de Estados Unidos para la mayor parte de sus jugadores, con la consideración genérica de que era probable que los mismos “intentaran permanecer ilegalmente e
n los Estados Unidos para escapar de las malas condiciones de vida en Haití”. Una decisión de este tipo, no resulta inocente, en cuanto beneficia, lo pretenda o no, al contendiente estadounidense y debió ser respondida por la CONCACAF, cuanto menos con el traslado de la sede a un tercer país. En cambio, la “solución” fue autorizar a Violette a abrir su lista de buena fe sumando haitianos con visa residiendo ya en Estados Unidos como estudiantes. Pese a ello, el final tuvo ribetes cinematográficos, que sin embargo Hollywood nunca recogerá poque en este caso ellos resultarían “los malos de la película”. Así disminuido y emparchado, el equipo haitiano resistió el intenso asedio del Austin y perdió solo por 2-0 (dos goles de Driussi), resultado suficiente para poner al Violette en la siguiente ronda, uno de los resultados globales más sorprendentes desde la implantación desde la implantación de la actual estructura de disputa de la Concachampions.
Selección de Islas Caimán (2024)
La selección de esta colonia británica caribeña festejaba su primera victoria competitiva mundialista (ante Antigua y Barbuda) en 2024, cuando llegaron malas noticias para el siguiente partido eliminatorio para el Mundial 2026, en el que debía visitar a Cuba en La Habana. Desde Estados Unidos llegó la advertencia de que se cancelarían las visas estudiantiles que usufructúan varios integrantes del equipo si constataban que habían visitado Cuba. La medida, enmarcada en el ilegal bloqueo que sufre la isla caribeña, si bien aparentemente benefició a Cuba, ya que terminó ganando el partido por ausencia de su rival, implica también un acto unilateral de interferencia en actividades deportivas organizadas indirectamente por FIFA y directamente por CONCACAF, el que de repetirse implicaría la imposibilidad fáctica de jugar partidos internacionales en Cuba. Las visitas de delegaciones deportivas, así como diplomáticas o humanitarias se aceptan en el derecho internacional como excepciones válidas a las restricciones de este tipo. El argumento de que Cuba tenía derecho a ejercer su localía no obstaba a la obligación de sancionar una actitud gubernamental con implicancias en las actividades de una entidad deportiva de cuyo ente rector son miembros Estado Unidos, Cuba y las Islas Caimán. El tema se cerró con la resignada declaración del Presidente de la Federación de las Caimán Alfred Whittaker, quién dijo “No quiero correr el riesgo de que a ninguno de estos chicos se les retire su visa de estudiante por un solo partido”.
El Mundial juvenil en Indonesia y un pase de prestidigitación de FIFA
Las idas y vueltas de FIFA con respecto al Mundial Juvenil Sub 20 que debía organizar Indonesia en 2023 e
s otro caso en el que se demuestra la laxitud de FIFA para aplicar las propias normas en la era Infantino.
La designación de Indonesia como sede del certamen juvenil más importante de selecciones fue aprobada en 2019. En su marcha organizativa designó 10 sedes en seis provincias, con estadios remodelados o nuevos. Cuando todo parecía listo y se preparaba la última etapa de los aprestos apareció el “cisne negro” que FIFA hubiera deseado que no llegara: Israel, cuya incorporación a la UEFA a mediados de los ’90 tras un largo paso en un limbo (afiliado a la FIFA, pero no a alguna confederación continental) desde que fue expulsado de la Federación Asiática por iniciativa de los países árabes, no había implicado problemas, dada su relativa debilidad futbolística. Su clasificación supuso una sorpresa. Para Indonesia, el país con más ciudadanos musulmanes del mundo, fue una sorpresa desagradable. A poco del sorteo el gobernador de Bali, donde debía efectuarse la ceremonia del sorteo de grupos, solicitó que Israel no fuera admitido o que Indonesia renunciara a la sede. Otro gobernador, el de Java Central, aludiendo al derecho constitucional de los gobiernos provinciales a participar de las relaciones exteriores señaló que no albergaría a la delegación israelí. Vale recordar que el escenario internacional mostraba al gobierno del Estado de Israel arreciando en su política de agresión contra la población civil de Palestina, que finalmente pondría a su primer ministro en la mira de las sanciones de la Corte Penal Internacional de La Haya, que eventualmente solicitó su captura internacional. Mientras, Irak anunciaba que no jugaría contra Israel en ese torneo. El problema que le había ahorrado la ausencia de Israel de Asia durante décadas reaparecía y amenazaba tener un efecto dominó.
Fue así que, ante lo inevitable, la FIFA anunció que el torneo no se celebraría en Indonesia y buscó de urgencia otra sede, que en definitiva fue Argentina. Pero, más allá de los anuncios de sanciones contra Indonesia, por negarse a aceptar a una federación miembro de FIFA, estas no solo no se produjeron (las de orden económico quedaron en suspenso) sino que aprovechando las dificultades financieras y humanitarias que atravesaba Perú, en su organización del Mundial Juvenil Sub 17, le quitó la sede y se la otorgó nada menos que a Indonesia. Claro, Israel no se había clasificado para este Mundial… La plácida sonrisa de Infantino en la inauguración del certamen indonesio fue un hipócrita canto a la real politik.
El futuro, como tantas veces, es una incógnita. Al momento de escribirse estas líneas las posibilidades de que el Mundial tripartito entre Estados Unidos, Canadá y México se juegue como está planificado admite razonables dudas. La historia está por escribirse…
