por Juan Presta, socio del CIHF
Se fue el último caballero del periodismo deportivo, murió Julio Ricardo una persona amable, culta, inteligente y que nunca necesitó defenestrar al que opinaba distinto que él, para sobresalir.
Hijo de un gran periodista, José López Pájaro, Julio Ricardo López Batista tenía su camino marcado. El padre fue un español que se radicó en la Argentina huyendo de la guerra y la dictadura de Franco, fue uno de los que llenó de prestigio el periodismo deportivo argentino y que fundó el Círculo de Periodistas Deportivos el 24 de mayo de 1941, para unir a todos los periodistas deportivos y defenderse en los medios porque se lo consideraba un periodismo inferior a los otros rubros. López Pájaro después fue director de la revista La Cancha y sería el promotor de la fundación de la primera escuela de Sudamérica especializada en Periodismo Deportivo en el mismo Círculo, donde fue presidente en varias oportunidades.
Julio empezó a los 19 años en el diario Noticias Gráficas y alternó con su otra vocación, la de docente primario en varias escuelas. En una de ellas, el Instituto Dámaso Centeno tuvo como alumno y fue su tutor a Nito Mestre, que después con Charly García integró el grupo Sui Géneris. Mestre lo recuerda como “su segundo padre” y asegura que los consejos que le dio, le sirvieron para la vida.
Julio fue el encargado de informar desde el avión en “Coche a la Vista” con el gran Luis Elías Sojit y en esa función transmitió el accidente mortal de Juan Gálvez, que prácticamente murió en sus manos.
Relató por televisión los partidos de tercera división con comentarios de Apo (Alfredo Rutschi), padre de Alejandro Apo, con el que también trabajó en “Polémica en el fútbol”, un programa que duró más de tres décadas y después estuvo en el que lo sucedió, “Tribuna Caliente”.
Fue comentarista de José María Muñoz a los 25 años y después de Víctor Hugo Morales. Condujo el noticiero de canal 9 y hasta fue miembro del directorio de la Televisión Pública. Siempre se destacó por su presencia, por su cultura y por su forma de ver el fútbol y la vida.
Pero, más allá, de su impecable curriculum, era muy querido en el ambiente. Tanto que yo no le conocí ni un enemigo y eso que nunca negó su ideología peronista y siempre defendió sus ideas.
Murió a los 87 años, una persona de bien, un caballero en toda la regla que nunca perdió la cabeza y que no respondió agresiones. En un año nefasto para el periodismo deportivo, donde nos dejaron grandes como Ernesto Cherquis Bialo, Marcelo Araujo, Guillermo Salatino o Hernán Santos Nicolini, con Julio se pierde alguien que preguntaba “en que puedo ayudar”, sin pensar en que podía beneficiarlo de eso. Se lo va a extrañar y mucho.

