Del primer Mundial a la Segunda Guerra

por Darío Ocampo, socio del CIHF (con la colaboración de Gabriela Tellez)

Francia llega al mundial como una potencia asentada y con un lugar reservado entre los grandes candidatos al título. Última selección europea campeona del mundo, tiene el antecedente inmediato de la medalla de plata obtenida en Catar 2022. Allí, Kylian Mbappé fue responsable en buena medida del memorable paso galo: Botín de Oro -a razón de sus ocho goles- y Balón de Plata. Cuatro años antes, Kiki había pasado al estrellato como protagonista inesperado de la segunda conquista global de su nación. Su performance en Rusia con solo 19 años le valió el premio al “Mejor Jugador Joven” del certamen y la atención de todo el mundo del fútbol. Meses antes de aquel mundial, Paris Saint-Germain ya había activado la obligación de compra por 180 millones de euros acordada con AS Monaco, operación que lo transformó en el segundo jugador más caro de la historia. Convertido en una estrella mundial, el actual delantero de Real Madrid es la esperanza rumbo al tercer campeonato mundial para los franceses.

Pero casi cien años atrás, el seleccionado francés estaba lejos de tamaño nivel competitivo. De hecho, ni entre sus contemporáneos llegó a estar cerca de la cumbre mundial. En los Juegos Olímpicos de París 1924, fue aplastado 5 a 1 por Uruguay en cuartos de final; en Ámsterdam 1928, cayó ante Italia en la primera ronda. Hacia 1930, sus futbolistas eran amateurs, personas que combinaban horas de trabajo con el fútbol. Así y todo, Francia fue partícipe de la primera Copa Mundial de la FIFA. Ni Italia, ni Inglaterra, ni España, ni Alemania viajaron a Uruguay. Les Bleus hicieron quince días de ida y otros quince de vuelta en el Conte Verde. En ese plantel, viajaban, entrenaban y vivían una aventura, tres nombres: Étienne Mattler, Alexandre Villaplane y Lucien Laurent.

El plantel de Francia en Uruguay 1930

El primer viaje mundialista de les Bleus

Los futbolistas se embarcaron con destino a Montevideo en el mismo barco que les sirvió como escenario de concentración previa al certamen. Los franceses viajaron a la primera edición de la Copa del Mundo junto a varias selecciones europeas, árbitros, dirigentes y hasta el mismísimo Jules Rimet, su compatriota presidente de la FIFA y principal impulsor del torneo, junto a la Copa.

La selección francesa era una de otra época, un equipo formado por hombres que combinaban entrenamientos con fábricas y que dejaron atrás la rutina durante varias semanas para cruzar el océano rumbo a un campeonato que todavía no tenía historia, algo que era apenas una idea nueva impulsada por la FIFA y cuya importancia era una verdadera incógnita.

Parte del plantel galo lo integraban los arqueros Alex Thépot y André Tassin. El primero había atajado en los Juegos Olímpicos de 1928 y defendía el arco de Red Star. Ante el llamado del entrenador Raoul Caudron, tuvo que pedir un permiso especial para ausentarse de su puesto en la Aduana francesa. Tassin, por su parte, jugaba para Racing Club, donde también se desempeñaba Marcel Capelle. El propio defensor y el mediocampista Marcel Pinel estaban cumpliendo el servicio militar al momento de ser convocados, pero lograron viajar bajo una licencia especial que los encomendaba a una suerte de misión diplomática en Montevideo.

Numa Andoire, de Antibes, y Étienne Mattler, de Sochaux, completaban la cuota defensiva. Nacido en Belfort en 1905, Étienne Mattler desarrolló una personalidad marcada por la disciplina y el esfuerzo. Lejos de la vida agitada de las grandes ciudades, construyó una imagen de hombre sencillo que lo acompañaría durante toda su carrera.

En una época en la que el fútbol francés todavía estaba dando sus primeros pasos hacia la profesionalización, Mattler representaba el modelo de jugador: trabajador, comprometido y cercano a la realidad de los obreros que seguían al club. A finales de la década de 1920 ya era considerado uno de los defensores más destacados de Francia y una de las figuras emergentes del fútbol nacional.

También para Sochaux jugaban los hermanos Jean Laurent y Lucien Laurent, mediocampista y delantero respectivamente, y André Maschinot. Lucien Laurent no viajó a Uruguay como una estrella del fútbol francés. Viajó como un jugador amateur, como un trabajador de Peugeot. Había debutado en el Cercle Athlétique de París en 1927, equipo con el que fue subcampeón de la Coupe de France 1928 a sus 20 años con su hermano Jean como compañero.

En febrero de 1928, portó por primera vez los colores de su nación al enfrentar a Portugal, vencedora del encuentro amistoso celebrado en Porto 2 a 0. Un tiempo después, él y su hermano fueron traspasados al FC Sochaux-Montbéliard, club creado por iniciativa de la empresa de automóviles Peugeot, que a la vez lo financiaba. Allí, Lucien Laurent gozó de la condición de jugador-trabajador: era empleado de Peugeot, cobraba un sueldo por ello y practicaba fútbol para Sochaux. El director de la empresa, Jean-Pierre Peugeot, apoyaba esta política destinada al ocio de sus trabajadores sin perder de vista el objetivo de dar a conocer a Peugeot, en una época en la que el profesionalismo aún no era una realidad, aunque sí el amateurismo marrón en algunos cuadros franceses.

Augustin Chantrel -de Stade Français- y Alexandre Villaplane -de Racing Club- tenían la experiencia de Ámsterdam 1928 y jugaban de mediocampistas. Villaplane, en particular con una notable visión de juego, se destacó como mediocampista en el FC Sète, donde comenzó a forjar su reputación. Su estilo y capacidad para conducir al equipo lo convirtieron rápidamente en una de las promesas más interesantes del fútbol francés.

Su llegada a la selección fue el 11 de abril de 1926, en una victoria de 4 a 3 frente a Bélgica. Desde ese momento se convirtió en un habitual titular de les Bleus. Durante 1926 disputó los seis encuentros internacionales de Francia, todos desde el inicio, frente a Bélgica, Portugal, Suiza, Austria, Yugoslavia y nuevamente Bélgica.

Tras pasar por Nîmes, fue incorporado por el Racing Club de France, uno de los equipos más prestigiosos del país.

Para finales de la década de 1920, Villaplane ya era considerado una de las grandes figuras del fútbol local, admirado por su talento y llamado a ocupar un lugar destacado entre los mejores jugadores de su generación.

Otro mediocampista era el joven Edmond Delfour. El también futbolista de Racing Club jugaba su primer certamen con les Bleus, como haría otro en su zona, Célestin Delmer, de Amiens. Los restantes delanteros seleccionados fueron Émile Veinante -al servicio de Racing Club- y Marcel Langiller -de Excelsior de Roubaix y presente en Ámsterdam 1928-.

Aquel grupo compartía un rasgo en común: ninguno imaginaba la dimensión histórica de lo que estaba por vivir. Eran futbolistas provenientes de distintos rincones de Francia, con trayectorias y experiencias diversas, reunidos para participar de una competencia sin antecedentes. Antes de que existieran las leyendas, los récords y las tradiciones mundialistas, ellos fueron los primeros representantes franceses en emprender el viaje hacia una aventura que marcaría para siempre la historia del fútbol.

El gol que abrió la historia

Cuando Lucien Laurent, Jean Laurent, André Maschinot y Étienne Mattler recibieron el llamado de la Federación Francesa de Fútbol con motivo de la primera Copa Mundial de la FIFA, Peugeot les brindó a estos cuatro empleados-futbolistas la autorización para viajar a Uruguay: su estabilidad laboral estaba a salvo, pero no cobrarían esos dos meses.

Tras el largo viaje que cruzó el Océano Atlántico, Lucien Laurent disputó el primer partido de Francia. El partido inicial del grupo 1 los puso frente a México, el 13 de julio de 1930, en el ya inexistente Estadio de los Pocitos, Montevideo. El enfrentamiento franco-mexicano y el choque entre la escuadra estadounidense y la belga -en el Parque Central- eran los dos primeros partidos del certamen, pero el gol inaugural fue anotado en Pocitos. Fue marcado por Lucien Laurent. Mientras el dominio de la pelota estaba aún en disputa, surgió la oportunidad francesa. Edmond Delfour avanzó por la derecha y abrió a Ernest Liberati. El futbolista de Amiens envió un centro a Laurent, quien conectó de volea un potente disparo. El meta mexicano Bonfiglio se lanzó hacia su derecha y terminó revolcándose sobre la tierra uruguaya mientras los franceses se abrazaban alrededor de Laurent. A los 18 minutos del primer tiempo, Francia se imponía 1 a 0 gracias al primer gol en la historia de la Copa del Mundo.

“En ese entonces las celebraciones eran sobrias, con felicitaciones medidas y sin los amontonamientos actuales. Simplemente unas palmadas en el hombro y a seguir jugando”, recordaría “Lulu” tiempo después. La escena parece lejana al fútbol contemporáneo: nada de corridas desenfrenadas, montañas humanas ni deslizamientos sobre las rodillas en la cancha. Los protagonistas todavía no podían dimensionar completamente la historia que estaban empezando a escribir.

Aquel encuentro acabaría en triunfo francés por 4 a 1, compuesto por el gol de Laurent, la posterior anotación de Marcel Langiller y las dos conversiones de André Maschinot -además del descuento parcial mexicano, obra de Juan Carreño.

Si bien el propio autor del gol inicial recuerda la intervención de Delfour y la asistencia de Liberati, la crónica del diario argentino La Nación reconstruye la jugada de otra manera: “A los 17 minutos, Villaplane habilitó a Laurent tras recibir de Pinel. El atacante eludió a Garza y, ante la vacilación de Rosas, definió con un remate esquinado que estableció el score inicial”. Según esta versión, el autor del pase-gol habría sido Alexandre Villaplane, quien en aquel encuentro se estrenaba como capitán del equipo galo.

El primer capitán mundialista de Francia

Alexandre Villaplane

Gracias a su experiencia y liderazgo, Alexandre Villaplane fue elegido capitán de Francia para disputar la Copa Mundial de 1930 en Uruguay. Con apenas 25 años encabezó a la delegación francesa en el primer mundial organizado por la FIFA. Durante el torneo jugó los tres partidos completos de Francia como capitán. Debutó el 13 de julio con una victoria por 4 a 1 frente a México, partido en el que su compañero Lucien Laurent marcó el primer gol de la historia de los mundiales. Luego disputó las derrotas por 1 a 0 frente a Argentina y Chile, resultados que dejaron eliminados a les Bleus en la fase de grupos. Ese encuentro fue además su último partido con la selección francesa y quedó en la historia como el primer capitán de Francia en una Copa del Mundo.

La Marsellesa en Nápoles

Con 24 años, Mattler fue parte de la defensa francesa en el Mundial de 1930. Sin embargo, el nacido en Belfort ya había asumido en 1929 el liderato de una nueva generación para Sochaux. Tras jugar los tres partidos de les Bleus en Uruguay, “el Barrendero” se volvió un fijo en el equipo nacional.

Étienne Mattler (c. 1937)

A través de sus 46 apariciones, disputó, además del primer mundial, el de Italia 1934 y el de Francia 1938. En este último, les Bleus llegaron a cuartos tras eliminar a Bélgica con un triunfo de 3 a 1 en París. Luego, se enfrentaron a Italia, campeona mundial vigente. En el Estadio Colombes, los italianos vistieron de negro y al son de su himno realizaron el saludo romano. Los enardecidos espectadores locales silbaron desde entonces y durante todo el partido a los jugadores rivales. En un clima de tensión previo al estallido de la Segunda Guerra Mundial, los italianos ganaron 3 a 1 y siguieron su paso rumbo al bicampeonato del mundo.

Casi seis meses después, franceses e italianos volvieron a verse las caras en Nápoles. El que fuera el primer partido para les Bleus tras el mundial, terminó en victoria local por 1 a 0, con silbidos e insultos italianos. “Lo Son porquería”, dijo Bruno Mussolini -hijo del Duce- al irse del estadio. Tras el encuentro, Mattler y sus compañeros fueron a un café de Nápoles. Una vez que fueron reconocidos, les llovieron insultos de parte de todos allí. Sin embargo, Mattler, un líder nato, se puso de pie y entonó La Marsellesa, el himno nacional francés. Sus compañeros se unieron al canto de las estrofas nacionales mientras los insultos cesaban. Con los italianos en silencio, los futbolistas franceses abandonaron el café con la cabeza en alto, con orgullo patrio. Nueve meses más tarde, Francia y Gran Bretaña le declararon la guerra al III Reich, a la Alemania Nazi, con quien se alió Italia.

Del mundial a la guerra

Diez años después de haber compartido vestuario en el mundial de Uruguay de 1930, Lucien Laurent, Étienne Mattler y Alexandre Villaplane volvieron a encontrarse bajo un mismo escenario histórico. Ya no era una cancha de fútbol ni una competencia deportiva, era la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial. Los tres habían vestido la camiseta de Francia, habían representado al mismo país y habían vivido la misma experiencia fundacional del fútbol mundial. Sin embargo, frente al derrumbe de Europa, cada uno tomó un camino diferente.

Para Lucien Laurent, la guerra significó el destino de millones de soldados franceses. Después de haber entrado en la historia por convertir el primer gol de los mundiales en Uruguay 1930, su carrera continuó en clubes franceses hasta finales de la década del treinta. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, Laurent se alistó en el ejército francés, convencido de defender a su país en uno de los momentos más críticos de su historia.

Durante el conflicto fue enviado al frente y, en 1942, cayó prisionero de las tropas alemanas. Según recordaría años después, los soldados nazis lograron rodear a las fuerzas francesas y capturarlos por la retaguardia. Lulu fue desarmado y trasladado a un campo de prisioneros en Sajonia, al sur de Alemania, donde permaneció cautivo durante más de tres años. Aunque evitó las peores brutalidades del régimen nazi, debió soportar trabajos forzados y las duras condiciones del encierro. La guerra había borrado completamente al futbolista: ahora era simplemente un prisionero más intentando sobrevivir.

Cuando finalmente recuperó la libertad y regresó a Francia, encontró otro golpe inesperado. Las pertenencias que había dejado guardadas en un depósito de muebles en Estrasburgo habían sido robadas por los alemanes. Entre esos objetos estaba una de las piezas más valiosas de su vida: la camiseta que había usado en el mundial de 1930. La reliquia del primer gol de la historia de las Copas del Mundo había desaparecido para siempre. Sin embargo, Laurent respondió a esa pérdida con una frase que resumía toda su experiencia de guerra: “Felizmente, todos mis recuerdos estaban allí, establecidos en mi cabeza. Nadie me los puede robar”.

Lucien Laurent en 1998

La experiencia de Étienne Mattler fue muy distinta. Se alistó en el cuarto regimiento de artillería de la 14ª división y combatió en las Ardenas. Tras la ocupación nazi de Francia se unió a la Resistencia, al llamado “Ejército de las Sombras”. Aprovechando su popularidad como futbolista del Sochaux, transportó armas escondidas mientras continuaba entrenando con el club en medio de la paralización de las competencias. Muchas veces recorría caminos rurales en bicicleta llevando armamento oculto hasta graneros ubicados a las afueras de la ciudad.

El 3 de febrero de 1944 fue detenido junto a varios compañeros de la Resistencia. Mattler fue encarcelado, interrogado y torturado por los alemanes. Aun así resistió los interrogatorios hasta que logró escapar de prisión y cruzar la frontera hacia Suiza. Permaneció refugiado en el cantón de Valais junto a otros ex futbolistas franceses hasta que pudo regresar a su país en agosto de 1944.

Lejos de quedarse al margen, volvió a sumarse a las operaciones de liberación junto al Primer Ejército Francés e incluso participó en el avance aliado sobre territorio alemán. Terminada la guerra recibió importantes reconocimientos por su actuación: la Cruz de Honor Británica y la Legión de Honor Francesa.

Étienne Mattler con su traje militar

La caída de Alexandre Villaplane comenzó mucho antes de la ocupación alemana. Tras sus años de éxito en el Racing Club y la selección francesa, se fue acercando al mundo de las apuestas, la corrupción y el crimen. Cuando Francia fue ocupada en 1940, ya participaba en el mercado negro parisino y en extorsiones contra comerciantes judíos. Fue entonces cuando entró en contacto con Henri Lafont y Pierre Bonny, jefes de la Carlingue, la organización criminal conocida como la “Gestapo francesa”.

Desde su sede en la rue Lauriston, Villaplane participó en arrestos y operaciones contra la Resistencia. Su implicación fue creciendo hasta que en 1944 se incorporó a la Brigada Norteafricana. Con rango de subteniente de las SS, dirigió uno de sus grupos más violentos y estuvo vinculado a fusilamientos, saqueos y represalias contra civiles.

Uno de los episodios más sangrientos ocurrió en junio de 1944 en Mussidan, donde hombres bajo su mando ejecutaron a decenas de personas. Tras la Liberación de Francia intentó escapar con documentación falsa, pero fue detenido en agosto. Juzgado por alta traición, colaboración con el enemigo, asesinatos y actos de barbarie, fue condenado a muerte y fusilado en diciembre de ese mismo año.

Alexandre Villaplane, detenido el 9 de junio de 1937

Una patria, tres respuestas

En 1930, Lucien Laurent, Étienne Mattler y Alexandre Villaplane compartieron algo más que un plantel. Compartieron una camiseta que representaba a toda una nación; un viaje transatlántico de un mes rumbo a lo desconocido y la experiencia irrepetible de disputar la primera Copa Mundial de la FIFA. Durante algunas semanas fueron solamente compañeros de la selección, jugadores de fútbol franceses embarcados en una aventura todavía imposible de dimensionar. Sin embargo, la historia terminaría resignificando aquella coincidencia de una manera mucho más profunda. La guerra transformó el sentido de aquellos colores compartidos.

Laurent, el autor del primer gol en la historia de los mundiales, representó la supervivencia y la memoria. Se alistó para defender a su país y la guerra lo arrastró al mismo destino que a millones de europeos: el cautiverio, el hambre, la incertidumbre. Los nazis le sacaron la libertad, sus pertenencias e incluso la camiseta que había usado en Uruguay 1930. Pero -como diría más tarde- no pudieron arrebatarle aquello que él mismo consideraba verdaderamente importante: el recuerdo. Mientras gran parte de Europa quedaba reducida a ruinas, Laurent sobrevivió gracias a la memoria de lo vivido, como si conservar esas imágenes fuera también una forma de seguir existiendo. Como tantos ex combatientes sobrevivió al trauma de la guerra aferrándose a ello, aunque lo material -desde su camiseta a los edificios franceses- estuviera destrozado o, incluso, eliminado.

Mattler encarnó otra dimensión. Capitán, defensor áspero y líder de la selección francesa durante los años treinta, mutó su coraje deportivo en compromiso político. Combatió, resistió, fue torturado y volvió a combatir. Incluso cuando las condiciones se endurecieron, no abandonó la causa, no dejó de ir al frente: no se desprendió de esa imagen de hidalguía que lo había convertido en un referente del fútbol nacional. La misma firmeza con la que se lanzaba sobre los pies de un rival para quitarle la pelota terminó trasladándose a la defensa de su patria, en la resistencia de una Francia ocupada.

Villaplane tomó el camino opuesto. El capitán francés de 1930, símbolo de elegancia y prestigio futbolístico durante años, terminó colaborando activamente con el nazismo. Mientras otros franceses combatían, resistían o sobrevivían al cautiverio, él se integró a la maquinaria represiva de la ocupación alemana, la misma que atentaba contra Francia.

Sí, el fútbol los reunió bajo una misma bandera, pero la guerra terminó llevándolos a distintos caminos. Laurent conservó la memoria. Mattler logró resistir. Villaplane se sacó la camiseta y colaboró con el terror nazi que azotó a Francia. Los tres habían vestido la camiseta francesa en el primer mundial de la historia; pero cuando Europa dejó de parecerse a un estadio y empezó a derrumbarse bajo las bombas, cuando dejó de jugarse por los puntos y a disputarse la vida, aquella misma casaca terminó significando cosas completamente distintas para cada uno.

Antes de Mbappé

Los primeros títulos mundiales reconocidos por la FIFA habían sido disputados en los Juegos Olímpicos de París 1924 y de Ámsterdam 1928. Pero el torneo celebrado en Uruguay fue el primer campeonato mundial organizado autónomamente en su totalidad por el ente rector del fútbol. Surgió como una competencia modesta, con apenas 13 selecciones participantes y múltiples invitaciones rechazadas por los costos y la complejidad del viaje transatlántico. Décadas más tarde terminaría convirtiéndose en un fenómeno global de 48 equipos, capaz de paralizar países enteros y de transformarse en el evento deportivo más importante del planeta. En ese recorrido sobrevivió incluso al derrumbe de Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

Cuando no habían grandes premios, fama ni flashes iluminando sus rostros, mucho antes de los contratos millonarios, de las cámaras siguiendo cada movimiento y de los futbolistas convertidos en figuras globales, Alexandre Villaplane, Étienne Mattler y Lucien Laurent representaron dignamente a Francia. Hicieron el primer gol, batallaron duramente con la Argentina -campeona sudamericana y subcampeona olímpica- y quedaron a las puertas de las semifinales tras caer ante Chile. Cuando el fútbol dejó de ser lo más importante y el fuego y el terror de la guerra en Europa los encegueció, tuvieron que tomar partido. Laurent combatió y sobrevivió luego de ser prisionero de guerra. Mattler resistió con fiereza y se volvió un símbolo nacional. Villaplane acabó del lado opuesto y con la muerte como premio a su traición a la patria.

Esto es también una parte de la historia de los mundiales. Porque antes de convertirse en el espectáculo más grande del deporte, el fútbol todavía estaba lleno de hombres comunes atravesados por las tensiones del siglo XX. Hoy, algo más aislados en el día a día, de hotel en hotel y con una pelota en sus pies a diario, los futbolistas franceses no olvidan la historia de su nación. Es que es a la misma a la que le deben honor y respeto. Es por ella que buscarán bordar otra estrella en su pecho, como lo hicieron sus predecesores.

Hoy, la responsabilidad recae en Mbappé y compañía; ayer, fue la misión de Laurent, Mattler y Villaplane. En su guerra, en su batalla, desde su lugar, lo darán todo por la patria que defienden.

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