por Darío Ocampo, socio del CIHF
Marcos Llorente tiró un centro raso desde la derecha. Álex Baena controló la pelota a pasos del punto penal y, casi sin pensarlo, remató. Ni Mathías Olivera ni Guillermo Varela llegaron a cerrarlo. El último bastión, Fernando Muslera, fue llamado. Se arrojó a su derecha y puso las manos. Fue insuficiente. La pelota se desvió y tomó camino a la red. Sin firmeza en sus manos, había detenido la violencia del tiro, aunque nunca su destino. En un segundo que se hizo eterno, el arquero nacionalizado uruguayo vio, desde el suelo, el lento ingreso de la pelota a su arco.

“Me pica antes, boludo“, se lamentaba. “No te lo puedo creer, bo…“, decía a sus compañeros.
A los 42′, España vencía 1-0 a Uruguay, que necesitaba ganar para seguir en el mundial. Minutos después, llegó el entretiempo. El arquero de cuarenta años no regresó para disputar la segunda parte. Uruguay quedó eliminada en fase de grupos por segunda Copa del Mundo consecutiva y uno de los últimos referentes de la generación que devolvió a su nación a la élite abandonó la cancha antes de tiempo y en silencio.
El primer mundial de Muslera
Dieciséis años antes, Fernando Muslera todavía no cargaba sobre sus hombros cinco presencias mundialistas. En Sudáfrica 2010 era un arquero de veinticuatro años recién cumplidos que disputaba su primer mundial y transmitía la sensación opuesta: la de un futbolista cuyo tiempo apenas comenzaba.
Uruguay volvió a instalarse entre los cuatro mejores seleccionados del planeta por primera vez desde México 1970. Muslera fue uno de los rostros de aquella campaña. En cuartos de final, frente a Ghana, contuvo los remates de John Mensah y Dominic Adiyiah en la definición por penales. Sebastián Abreu la picó en el último disparo y la Celeste regresó a una semifinal mundialista después de cuatro décadas.

Aquel equipo todavía tenía por delante buena parte de su historia. Diego Forlán sería elegido el mejor futbolista del torneo. Luis Suárez, héroe y villano frente a Ghana, iniciaría una etapa que lo convertiría en el máximo goleador histórico de la selección charrúa. Édinson Cavani todavía no había alcanzado su plenitud. Diego Godín y Martín Cáceres compartirían lugar en una de las defensas más recurrentes del fútbol internacional.
Muslera fue parte del crecimiento de aquella generación, la acompañó hasta consolidarla entre las principales selecciones del mundo. Uno por uno, los protagonistas del cuarto lugar de Sudáfrica 2010 fueron dejando la selección uruguaya.
Cuando las manos no bastan
Es cierto que el entonces arquero de Galatasaray fue titular en toda la campaña mundialista posterior. En Brasil 2014, Uruguay había superado el duro escollo del Grupo C -Italia e Inglaterra también sufrieron la sorpresa costarricense aunque con la eliminación como castigo-, pero vería trunco su paso frente a Colombia en octavos de final. Cuatro años más tarde, Uruguay volvería a superar unos octavos de final. En Rusia 2018, Fernando Muslera ya no era la promesa que transmitía tranquilidad desde el fondo. Era uno de los líderes de un plantel que buscaba mejorar las campañas anteriores. El triunfo por 2-1 a la Portugal de Cristiano Ronaldo, campeona de Europa, puso a la Celeste entre los ocho mejores de nuevo. Sin embargo, aquella ilusión terminó ante un fulgurante equipo francés.
Con el marcador 1-0 a favor de les Bleus y 60 minutos jugados, Antoine Griezmann probó desde fuera del área con un zurdazo. El disparo parecía sencillo. No buscó un ángulo imposible ni llevaba una potencia extraordinaria. De hecho, se dirigía al centro del arco, donde estaba Muslera. Sin embargo, el efecto de la pelota cambió repentinamente su curso justo antes de llegar a las manos de Muslera. El arquero, entonces, intentó despejarla. La pelota rebotó en sus manos, se elevó y acabó metiéndose al arco tras recorrer una cruel parábola. El gol significó el 2-0 definitivo. Uruguay terminaría cayendo ante la selección que pocos días después levantaría la Copa del Mundo.

El error quedó inmortalizado en los resúmenes y en las fotografías de aquel partido: la imagen del arquero observando con sorpresa, miedo y nervios cómo la pelota entraba a su arco.
Con el paso de los años, aquella imagen dejó de representar únicamente un error frente a la futura campeona del mundo. También terminó siendo el símbolo de una transición. La generación que había devuelto a los orientales a la élite empezaba a desarmarse. Diego Godín, Martín Cáceres, Luis Suárez y Édinson Cavani disputarían su última Copa del Mundo en Catar 2022. También parecía haber llegado el turno de Muslera. Aunque integró el plantel en ese Mundial, no disputó un solo minuto y todo indicaba que aquella sería su despedida definitiva del fútbol internacional de élite.
Un regreso inesperado
Pasó la Copa América 2024. Muslera no recibió el llamado. Se disputaron las Eliminatorias Sudamericanas. El teléfono del arquero siguió en silencio. Dejó el fútbol turco: firmó con Estudiantes de La Plata. Con un repunte en su rendimiento, con las conquistas del Clausura 2025 y del Trofeo de Campeones, se ganó el voto de confianza de Marcelo Bielsa e hizo las valijas rumbo a Norteamérica en su quinta convocatoria mundialista.

El último sobreviviente
Su primer partido dejó dudas. El parche en su antebrazo izquierdo, el homenaje a su trayectoria en mundiales, atestiguó el primer gol de Arabia Saudita. Mohammed Kanno respondió el córner de Musab Al Juwayr con un cabezazo. La pelota picó a centímetros de Muslera, que esperaba embolsarla. El arquero detuvo la potencia del remate, pero no lo contuvo: concedió un rebote. Abdulelah Al-Amri lo aprovechó con un puntapié que llegó antes que Muslera al suelo. Uruguay lograría rescatar un punto gracias al gol de Maximiliano Araújo. Se habló del gol saudí, se habló del rebote de Muslera, pero, ante Cabo Verde, fue nuevamente puesto al cuidado del arco uruguayo.
En el Hard Rock Stadium, Kevin Lenini sacó un fuerte disparo bajo de un tiro libre. La pelota, embalada, pasó entre Araújo y Federico Viñas. Muslera se lanzó. El balón picó y esquivó sus manos: Cabo Verde convirtió su primer gol en la historia de los mundiales.
A los 21’, Uruguay ya perdía, pero encontraría reacción en el cabezazo de Araújo y en el toque de Agustín Canobbio para irse al descanso ganando.
Cuando el sendero celeste parecía claro, Olivera comprometió a Sebastián Cáceres con un pase. Hélio Varela había ingresado hacía dos minutos y exigió al defensor uruguayo con su pique. El caboverdiano pareció poder anticiparse y Muslera, desesperado, le salió al cruce. A diez metros del área, fue evadido por Varela, quien controló y remató a arco vacío. Cabo Verde empató 2-2 y cosechó su segundo punto en la Copa del Mundo; los dirigidos por Bielsa cosechaban otro empate y firmaban la obligación de vencer a España, campeona de Europa, en la última fecha para pasar de ronda.
Uruguay pudo competirle a los europeos. Tuvo opciones claras de adelantarse, pero salió a jugar el segundo tiempo obligado a revertir la historia. Fernando Muslera ya no estaba en la cancha. Sergio Rochet entró en su lugar. La derrota consumó la segunda eliminación consecutiva de la Celeste en la fase de grupos de una Copa del Mundo y puso punto final a una de las etapas más recordadas del fútbol uruguayo.
Cuando el árbitro estadounidense Ismail Elfath pitó el final, Muslera ya había dejado atrás el césped. Se fue con 19 presencias mundialistas -más que cualquier otro uruguayo en la historia de la Copa del Mundo. El hombre que más veces defendió el arco de su selección en los mundiales fue también el último sobreviviente de la generación que había devuelto a Uruguay a la élite internacional.
Aquella tarde en Houston, Fernando Muslera volvió a alcanzar la pelota. Sus manos lograron amortiguar el disparo, pero no alterar su recorrido. Como frente a Francia en Rusia, como frente a Arabia Saudita en su regreso mundialista, había detenido la violencia del tiro, aunque nunca su destino.
Entre aquel arquero que celebraba en Johannesburgo y el que observó desde el suelo el ingreso del remate de Baena transcurrieron dieciséis años. También pasó una generación entera. La pelota siguió su camino hacia la red. El tiempo nunca se había detenido.

