por Darío Ocampo, socio del CIHF
El Estadio Azteca volvió a ser una fiesta. El triunfo 2 a 0 ante Ecuador hermanó definitivamente a la selección local con su gente. El remate al ángulo de Julián Quiñones y el tiro aún más ajustado de Raúl Jiménez provocaron el delirio en Ciudad de México. No fue “solo” una victoria sobre la segunda mejor clasificada de CONMEBOL, fue el anhelado avance de ronda en un mano a mano mundialista tras 40 años.

Este domingo 5 de julio, Inglaterra afrontará el desafío de dar por tierra con el fortín azteca. Todo México ya prometió una entrega incondicional y puede inspirarse en un dato contundente: nunca perdió un partido por Copa del Mundo en este recinto.
Una fortaleza mundialista
En 1970 debutó como anfitrión con un empate sin goles ante Unión Soviética. Luego, materializó su mayor goleada en mundiales al asestarle un 4 a 0 a El Salvador y venció 1 a 0 a Bélgica para superar por primera vez una fase de grupos mundialista. En 1986, México volvió a hacerse fuerte en ese escenario: derrotó a los belgas 2 a 1, empató con Paraguay a un gol y venció 1 a 0 a Irak. En los octavos de final, el Tri eliminó a Bulgaria por 2 a 0 con el memorable gol de tijera de Manuel Negrete.

La fortaleza mexicana ha adquirido aún más solidez en el mundial 2026. El Azteca vio el debut victorioso por 2 a 0 ante Sudáfrica; la goleada 3 a 0 a la República Checa para cerrar el grupo y el triunfo 2 a 0 a Ecuador para llegar al quinto partido. El único encuentro que México disputó fuera de allí fue contra Corea del Sur, en Guadalajara -ganó el local por 1 a 0-. En Ciudad de México, el Tri ha afianzado una marca imponente: ocho triunfos, dos empates y ninguna derrota; 18 goles a favor, solo dos en contra.

La paradoja mexicana
Pero la historia de la selección mexicana también revela una paradoja. Sus dos mejores campañas mundialistas, creadas en su propio país, se rompieron cuando salió del Azteca. En 1970, tras superar por primera vez la fase de grupos, pisó Toluca y cayó 4 a 1 ante Italia por los cuartos de final. En 1986, después de eliminar a Bulgaria en el Azteca, fue derrotada por penales (4 a 1) ante Alemania Federal en Monterrey, luego de la igualdad sin goles. México encontró en el Estadio Azteca identificación y potencia, pero nunca pudo llevar esa fortaleza más allá del quinto partido.
Y ahora enfrenta a Inglaterra.
El antecedente inglés: Wembley
Mexicanos e ingleses ya se han visto las caras por Copa del Mundo. En 1966, en Wembley, los locales ganaron 2 a 0. Con goles de Bobby Charlton y Roger Hunt, se quedaron con el duelo de la segunda fecha de la fase de grupos. The Three Lions seguirían su camino hacia el único título mundial de su historia jugando siempre en Wembley. Allí, habían empatado a cero con Uruguay, pero superarían a México y Francia (2 a 0) en la primera instancia. En la fase decisiva, eliminarían a Argentina (1 a 0) y a Portugal (2 a 1) antes de imponerse a Alemania Federal en la final por 4 a 2.

Wembley fue para Inglaterra lo que el Azteca sueña con ser para México: no solo una casa, sino el lugar donde su selección transforma la localía en gloria.
Inglaterra ya lo hizo hace seis décadas. El Azteca clama por México.
La noche de este domingo se enfrentarán estos dos mundos. De un lado, la selección que representa a la cuna del fútbol, campeona mundial en su propia casa y sostenida por figuras de élite, con el goleador Harry Kane a la cabeza. Del otro, un México que no tiene el mismo peso histórico ni la misma constelación de estrellas, pero que juega donde nunca perdió por Copa del Mundo.

Ganar para irse
Para el Tricolor, el partido significa mucho. Es una nueva oportunidad de medirse a un campeón mundial, a una potencia europea y a algo más que eso: el quinto partido. Una victoria ante un rival de ese calibre en los octavos de final de la Copa del Mundo escribiría una página dorada en la historia del fútbol mexicano. Pero también implicaría alcanzar un grado mayor de madurez y la asunción de una responsabilidad. Si pierde, termina su recorrido. Si gana, seguirá en carrera. Pero continuará fuera de México, con los próximos cruces en Estados Unidos.

Por eso el encuentro ante Inglaterra no es solo un partido de eliminación directa para la escuadra de Norteamérica. Es una despedida. México juega para seguir, pero también para abandonar su fortaleza con vida. Defender el Azteca será, al mismo tiempo, aceptar que el sueño deberá continuar fuera de él.
Inglaterra ya sabe lo que es ganar una Copa del Mundo sin salir de casa. México, en cambio, enfrenta otro desafío: que su estadio mítico deje de ser un refugio invicto y se convierta en el punto de partida hacia una campaña mundialista más grande que todas las anteriores.

