Por Tadeo Lercari, socio del CIHF
Se cumplen 96 años de la primera final en la historia de los Mundiales entre Uruguay y Argentina. En esta nota, nos atrevemos a repasar algunos momentos extra-futbolísticos que marcaron la primera edición de la historia de los Mundiales.
Carlos Gardel
Gardel tuvo un primer encuentro con el seleccionado argentino pocos días antes del debut frente a Francia. Se acercó junto a sus guitarristas Aguilar (uruguayo) y Barbieri (argentino) a la concentración del equipo dirigido por Francisco Olazar y le cantó “Corrientes” y “Buenos Aires” al plantel.
En la previa de la final jugada entre Argentina y Uruguay el 30 de julio, Carlos Gardel visitó la concentración de ambos equipos. “Buenos Aires” y “La Uruguayita Lucía” fueron dos de los tangos más populares que cantó para ambos seleccionados por separado.
El cronista le pidió un pronóstico para la final, a lo que respondió: “El fútbol es más difícil de acertar que las carreras y ya sabemos que en el hipódromo no acierta nadie. Sin aventurar un pronóstico diré solamente que los rioplatenses serán de los más difíciles y que si llegan a la final, habrá que tirar la monedita para saber quién gana. Ambos son buenos y juegan un fútbol maravilloso y artístico y ahora que veo a los nuestros tan alegres y decididos, cabe esperar que, ganando o perdiendo, lo sabrán hacer como buenos criollos, es decir, con todos los honores”.
Por último, el defensor central Fernando Paternoster le preguntó si se quedaría a ver el partido y su respuesta fue: “No, muchachos. Quise cantarles unos tangos y nada más. ¡No quiero que haya ganadores!”
Polémicas en la final
La final jugada entre Argentina y Uruguay representó algo más que un simple partido de fútbol, ya que estaba en juego el orgullo, las relaciones políticas y sociales entre ambos países. Dos años antes, la Celeste había derrotado a la Albiceleste en la final de los Juegos Olímpicos de Ámsterdam 1928. Además, ambas naciones eran las grandes potencias del deporte: de 12 Copas Américas disputadas (en aquel entonces denominado Campeonato Sudamericano de Selecciones), Uruguay había ganado seis (1916, 1917, 1920, 1923, 1924 y 1926), mientras que Argentina había conquistado el torneo en cuatro oportunidades (1921, 1925, 1927 y 1929). Las dos restantes ediciones habían sido ganadas por Brasil (1919 y 1922).
La final fue jugada a las 14:15 y las puertas del Centenario se abrieron a las 8:00, seis horas antes, y al mediodía ya estaba lleno. El árbitro John Langenus se dio a conocer pocas horas antes del comienzo del partido y puso una condición: disponer de un barco en el puerto una hora antes del anuncio final, en caso de problemas de seguridad.
En la previa del partido, cada selección quería jugar con una pelota hecha en su país y eso fue un problema para el árbitro de la final. “La animosidad entre los dos países, que se reveló desde el momento en que hubo que escoger el balón para el encuentro. Cada equipo llevaba un balón de fabricación nacional y pretendía no jugar más que con el suyo. Hubo que elegir tirando a cara o cruz”, contó John Langenus, el árbitro belga, en su libro “Silbando por el mundo”
Por sorteo se dictaminó que el primer tiempo se juegue con pelota argentina. La Albiceleste se fue al descanso ganando con un resultado de 2 a 1. Sin embargo, en la segunda parte y con balón uruguayo, la Celeste remontó el partido gracias a los goles de José Pedro Cea, Victoriano Santos Iriarte y Héctor Castro Rodríguez y se llevó el título.
La pelota que definió la primera final en la historia de los Mundiales se encuentra exhibida en el Museo de la Selección en España. El mismo fue donado por el coleccionista Pablo Ornaque que había adquirido la pelota en el año 2006 en una subasta realizada por la familia de Raúl Jude, ex presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol.
Posteriormente a la final, se vivió una fiesta sin precedentes en el país oriental. Fue detenida toda actividad laboral. La final significó la ruptura temporal de relaciones diplomáticas entre la Asociación Argentina de Fútbol y la Asociación Uruguaya de Fútbol.
El futbolista que jugó el mundial sin un brazo
Héctor Castro Rodríguez nació el 20 de noviembre de 1904 en Montevideo. A los 13 años, mientras trabajaba con una sierra eléctrica, sufrió un accidente que le amputó el antebrazo derecho. A pesar de las dificultades, nunca se dio por vencido y el sacrificio le terminaría dando resultados.
Su debut como jugador de primera división se dio en 1921 en el ya desaparecido Central Atlético Lito, club de la capital. Tres años después pasó a Nacional y ese mismo año conquistó la Liga Uruguaya.
Su estreno con la camiseta de Uruguay fue en 1923 y, a pesar de que no formó parte del seleccionado que ganó los Juegos Olímpicos de 1924, dos años después sí fue parte de la selección que ganó el Campeonato Sudamericano de Selecciones jugado en Chile. En 1928 también formó parte del equipo campeón de los Juegos Olímpicos de Ámsterdam 1928.
El 18 de julio ante Perú en el Estadio Centenario, se dio el debut de Uruguay en su Mundial. En un partido cerrado, el Manco Divino convirtió el primer gol de la historia celeste en Copas del Mundo, que además significó la victoria a su selección. Luego de superar por 4 a 0 a Rumania en el segundo partido del grupo y golear en semifinales a Yugoslavia, la Celeste se metió en gran la final, que fue ni más ni menos que ante Argentina.
En aquella primera definición mundialista jugada el 30 de julio en el Estadio Centenario, Uruguay arrancó ganando con gol de Pablo Dorado, pero Argentina lo dio vuelta con tantos de Carlos Peucelle y Guillermo Stábile antes del entretiempo.
En la segunda mitad, José Pedro Cea y Victoriano Santos Iriarte pusieron arriba de nuevo a los locales. Cuando Argentina quería el empate, llegaría el turno del “Manco Divino”, que de cabeza convirtió el 4 a 2 definitivo y decretó el título uruguayo. En aquel torneo, Castro marcó el primer y el último gol de su selección.
